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navidadNo es que a Casimiro le moleste la Navidad. Lo que le molesta es que las navidades hayan regresado ahora, cuando ya a él no puede entusiasmarle para nada adornar un arbolito de plástico con guindalejas de colores y poner en su base piltrafas de algodón simulando la nieve. O armar esos nacimientos de figuritas desproporcionadas, donde muchas veces el niño Jesús es más grande que el camello.

Sin embargo, cuando Casimiro era niño y veía en las películas cómo la gente celebraba las Navidades en otros países, sintió deseos muchas veces de experimentar en vivo ese “espíritu navideño”. Porque los niños son niños y les atraen los adornos y las luces multicolores y las fiestas y las sorpresas de los regalos. Pero en la Cuba en que creció Casimiro, no se celebraba la Navidad. (Ahora alguna gente dice que en su casa nunca se dejaron de celebrar; y a Casimiro no le gusta desmentir a nadie, pero por lo menos él, en treinta años, no vio en Cuba una fiesta de navidad, ni familiar ni pública.) Y no es que dejara de celebrarse solo porque haya sido suspendida oficialmente en el año 69 con el pretexto de no interrumpir las labores de la zafra; no se celebraba porque la Navidad era considera una conmemoración religiosa y la religión era un rezago del pasado; no se celebraba porque es una tradición burguesa y Cuba era, o es, un país proletario, materialista y dialéctico. Las navidad era cosa de un pasado decadente y superado. Puede ser que en Cuba esta tradición se siguiera festejando en las iglesias, seguramente que sí, pero a Casimiro no le consta eso, porque ni él, ni su familia, ni nadie que conociera personalmente iba a la iglesia. Y no porque estuviera prohibida la iglesia ni asistir a ella -a Casimiro le gusta aclarar esto- sino porque no era bien visto ni conveniente, mucho menos para la nueva generación, o generación del “Hombre Nuevo”. Así que Casimiro se hizo mayor sin conocer lo que eran las Pascuas, la Navidad y la Noche Buena; y terminó, a la larga, por no importarle.

Pero ahora vuelven las fiestas navideñas y el 25 de diciembre es declarado oficialmente como día festivo, por el mismo gobierno y gobernante que 29 años antes decidió romper y rompió con la tradición. Y eso es lo que le jode a Casimiro, que la gente no repare en este paradójico detalle, reciba la dádiva y corra enseguida a celebrar como pueda y a sentirse feliz por la Noche Buena, dándole así el gusto al magnánime gobernante que nos devolvió la Navidad, solo para congraciarse con un Papa. Y le molesta eso, me explica él, tanto como le molesta la patética imitación de esta festividad reciclada, que no sirve para otra cosa, que no sea marcar la diferencia entre los nuevos ricos y los pobres de siempre.

Es que Casimiro es así, amargado y cascarrabia, por eso me cuesta tanto trabajo entenderlo. “No pienses en eso y disfruta la navidad”, le digo todos estos últimos años a Casimiro, “Mira, a tus hijos les gusta, les hace ilusión decorar el arbolito…” “Sí, me responde él, les gusta ponerlo. Después, si no lo recojo yo, tengo la mierda esa atravesada en la sala hasta marzo”. Casimiro no tiene remedio. “La Navidad es una oportunidad única de unir a la familia y pasar juntos una bonita noche”, le recuerdo yo para tocarle sus más intimas fibras. “Si tú supieras”, me cuenta él, “el año pasado mi cuñado se disfrazó de Papá Noé, no sé de dónde cojones sacó el traje, luego, en su borrachera, salió así para el medio de la calle y lo agarró el boxer del vecino, que por poco se lo come a mordidas, un perro que es un alma de dios, pero figúrate, el pobre animal ve que le viene para arriba esa cosa colorada sonando una campana y gritando jo, jo, jo… Resumiendo, que terminamos la noche buena en el Cuerpo de Guardia del hospital.

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